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Feminismo en México: Retos en la agenda

Por Arussi Unda

El 2020 fue el año en que floreció la primavera feminista en México, eso es indudable. Así, continuamente se observa un rompimiento de la centralización de la lucha: movilizaciones con participación histórica en muchas ciudades del país, el surgimiento de cada vez más y más colectivos en municipios donde el machismo azota en diferentes contextos, las redes de mujeres se amplían cada segundo que pasa, cada día surgen nuevos proyectos, campañas, acciones y jornadas que abonan a la lucha por la liberación de la mujer.


En otros países las mexicanas nos posicionamos como estandarte de resistencia en el movimiento feminista latinoamericano. Mujeres que llevan una vida de lucha ven con emoción el despertar de conciencia feminista que se necesita para hacerle frente a la aplastante crisis de violencia feminicida que tenemos enfrente. Mujeres que responden con el cuerpo. Mujeres articulándose, organizándose.


“No se va a caer, lo vamos a tirar” es una de las principales consignas y también, es donde empieza el mayor reto: entender a qué nos enfrentamos y cómo pasar de la consigna a la misión, a tirarlo. Y es que, ¿cómo desmontar una estructura que nos rodea y nos habita con cimientos profundos y que a la vez muta y hace mímica del lenguaje que entendemos como feminista? Siguiente reto, ¿cómo enfrentar esto desde un ambiente interno hostil y donde cada vez hay menor posibilidad de diálogo y debate entre nosotras? ¿cómo desprendernos de eso que no nos permite confrontarnos con horizontalidad y respeto? Otro más sería, ¿cómo quitarnos la idea de “los muchos feminismos” que son tan variados que incluso abrazan y validan todo aquello que despolitiza la lucha?


Las feministas ya no sólo tenemos que plantarle la cara al patriarcado de siempre -ese que nos acosa en las calles, nos golpea en nuestras propias casas, nos paga menos en nuestros trabajos, nos ubica en la cocina y la crianza, decide sobre nuestras maternidades, ese que pone resistencia pero cada vez se evidencia más, ese que ya muchas y muchos podemos empezar a reconocer como el causante de once asesinatos de mujeres al día en nuestro país- sino también a este “neopatriarcado” que, visitando a las teóricas de los 70’s, de nuevo no tiene mucho, nos referimos a aquél que es una nata, que convence con slogans que la explotación sexual de las mujeres es trabajo, que la explotación reproductiva es altruismo, que la cosificación y ser objeto de consumo masculino es empoderante y no cuestiona nunca lo que hay al fondo de “la libre elección. Hablamos de ese que afirma que aquello que nos oprime es una identidad mientras borra el sujeto político de la lucha y hace que las mujeres no sepan qué es una mujer; a eso hay que sumarle el patriarcado que llevamos dentro, el que más nos cuesta reconocer, el producto de nuestra socialización; hablamos de ese sistema que nos compara, nos confronta y nos divide, ese que pone a terceros enfrente de nosotras mismas, ese que busca validación externa, ese que nos alía con el opresor.


Este último, el patriarcado que nos habita es el que nos dinamita desde adentro como movimiento y por eso nos parece urgente enfrentarlo, porque nos desarticula. El “yo sí te creo” se condiciona, el diálogo se cierra, la realización de estrategias conjuntas se merma y deja a un lado el hecho de que el feminismo, es y será desde cualquier piso y trinchera la lucha colectiva por la emancipación de la mujer. La colectividad no se alcanza desde el individualismo.


Andrea Dworkin dijo alguna vez “me gustaría ver en este movimiento un retorno a lo que llamo el primer feminismo. Es muy sencillo: significa que cuando algo lastima a las mujeres, las feministas están en contra” y tal vez es a lo que debemos volver: Al origen, a lo sustancial. El feminismo no es relativo, va a lo material. La teoría feminista es disruptiva en el sistema patriarcal por sí misma; mujeres escribiendo, poniéndonos al centro, no como objeto de estudio sino como sujeto de derecho. Leerlas, conocer la historia de la otra mitad de la población es una deuda histórica con nosotras mismas, y ahí habita la respuesta a muchas de las incógnitas que a la fecha siguen vigentes. Si no entendemos de dónde venimos, quiénes somos y contra qué luchamos, estamos perdiendo el tiempo.


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