Las mujeres bailan desnudas en la revolución
- Las Libres Revista
- 4 feb 2021
- 5 Min. de lectura
Por: Priscila Alvarado
Bailar desnuda sin pensar, ni mirar desde el aborrecimiento al cuerpo que se sumerge en hondas lecciones reflexivas, sólo es posible en la intimidad. Una habitación propia, como dijo nuestra hermana Virginia Wolff, padeciendo la tragedia de la libertad, posible añoranza desde el destierro y la desigualdad imperantes en la distribución de las posibilidades en el mundo patriarcal. Ser en el silencio, lo oculto, lo inasible, para comprender que la autonomía y el reencuentro con una misma es el campo de batalla más despiadado y mortal.
Porque esa tierra, tanto como la llave que imaginó Clarissa Pinkola como el fénix de la fémina conciencia, se nos ha negado. Permanecemos en silencio, despojadas de la autoconciencia, exiliadas del entendimiento de nuestras llanuras existenciales; y cuando a una se le destierra con tan profunda crueldad, termina seca, raquítica de los sentidos. Es esta, sin extravíos universalistas o incoherencias absolutistas, la verdad hiriente de las mujeres en el mundo. Un mundo, que diría Jean Pierre Changeux, no etiquetado, que difícilmente podríamos asegurar “nos envía mensajes” más allá de lo que anhelamos vislumbrar; porque la mirilla proyecta categorías, símbolos, discursos, ideas, realidades, desde el arte contemplativo y la nativa reflexión humana; ¿y qué somos sino la intersección de aquello que la humanidad ha imaginado durante el devenir de su tiempo? ¿qué es la mujer sino la existencia negada, abatida y comprimida al vacío de la servilidad?
Nuevamente etiquetadas, no desde la voluntad ni el sentimiento, en la existencia apabullada del ser mujer en el mundo de los hombres; como se etiqueta, sin valor ni piedad, a un objeto de placer comercial. Erotizando, dijo Eve Illouz, la experiencia romántica del consumo y demarcando la realidad “femenina” en la paranoia siniestra del ser para el otro (Hierro, 1985), del vivir siendo objeto.
Y es menester del dominador, que fuere amo y creador, negar la verdad aniquilante de su poder, porque de aceptar la crudeza desalmada de su paso por la Historia, develaría la sed enfermiza de quien desea o cree poseer el dominio humano. Aceptada la gaseosa e inestable cualidad inhumana de su señorío, dijera Hegel, perdería poder alguno ante el soplo esclarecedor de la realidad transmutante que da eco al griterío de las marginadas; voces de sabiduría y hondo dolor que allanan parcelas en el universo de la socialización, dando metamorfosis a la paralítica voracidad del binomio dominador. Poniendo fin al aberrante destierro de cuerpos que sirven de alimento al monstruo del poder fetichizado.
Pensándolo bien, escribió Salvador Murillo, la vida y la guerrilla son la misma historia, porque la incertidumbre, las emboscadas, la angustia asumida del “no saber si amaneceremos o llegaremos al próximo minuto”, dan vida al montaje de la existencia masificada de la crueldad. Una pedagogía, según Rita Segato, que se ha establecido como realidad humana, en una naturaleza incomprobable, nombrada desde medias reflexiones sobre el ser y su motivo existencial. Desmembrando y condenando a las y los individuxs al teatro de la desigualdad, la heterogeneidad de la diferencia, el abandono del yo para el abarcamiento de la masa indiscernible, que moldeará hasta la destrucción su “destino”, so pretexto de la sociabilidad nata y la norma absoluta: el patriarcado; que ahora se ha economizado con la lógica del neoliberalismo, hinchiendo el espacio privado de emociones, acudiendo a la emotividad como motor de la política, implementando plásticas ideologías y vacías realidades, que inyectan somníferos en la conciencia y eliminan con calidad mortal cualquier ápice de pensamiento crítico.
Así, el movimiento de las mujeres, esa clase esclavizada que ha dado vida y sustento al poder avasallador, parece cernirse como un acto ridículo en voz de quienes utilizan el miralejos del privilegio para calificar, clasificar y etiquetar al universo humano. Una grieta en el imperio masculino, que los feudos de la lógica, reyes poseedores de la existencia femenina, buscan emperifollar y componer con engranajes antiquísimos, que se derrumban ante sus ojos. La política del terror, que habría masacrado a más de nueve millones de brujas, mujeres de mefistofélicas esencias a conciencia de los patriarcas, durante tres siglos; justificando el genocidio con silencio y raquíticos locus de enunciación, que han adquirido en tiempo presente la cualidad flameante, avivando, con el peso del cinismo y el placer decoroso de la tortura, la rabia de las mujeres desgajadas y expoliadas de las posibilidades, la dignidad y la libertad. Al punto de desnudarse ante el miedo, extendiendo sonrisas de vanagloriada resiliencia, empuñando la fortaleza como arma de lucha, desmantelando el montaje de la lógica del poder patriarcal.
Mujeres que luchan en Medio Oriente para combatir el emparrado de la expropiación territorial, que les despoja al unisón del placer, la libertad, el sentido de la dignidad y la infancia, víctimas del Estado Islámico. Y que responden ocupando la tierra para cosechar la Jineolojî, o ciencia de las mujeres, en una sociedad separatista, con economía, política, guerrilla, justicia y autogobierno al norte de Siria, en Rojava. O las mujeres en Abya Yala, que levantan la voz para criticar al Estado Nación y su modelo de “bienestar” y, paralelamente, tejer redes de apoyo para, como dijo la activista Claudia Arana Zuñiga, construir desde la autonomía el trabajo que el Estado se niega a desempeñar. Segando la hierba de la violencia y acompañando a mujeres víctimas en atolondrados e imposibles procesos de obtención de justicia. Apapachando o dando pahpatzoa al sentimiento, en una comunidad que ha aprendido a amarse sin dolor; despojando la convivencia, mediante la permanente critique de la critique y una praxis renovada,de un sistema de méritos, competencia y desasosiego crónico, incrustados hasta la médula del entendimiento.
Porque el pensamiento, cuando adquiere la osamenta de la crítica y desemboca la creatividad, no tiene fronteras, ni límites, ni jerarquías. Porque basta con curar la embriaguez provocada por las metáforas corrosivas de la autoconciencia, recobrar la psique -que Pinkola encanta con los velos de la Mujer Salvaje- y abrazarse en la intimidad de la revolución, para aniquilar al impalpable poderío del patriarcado y su capitalismo. Subvirtiendo el sentido en la elocuencia de la libertad y la honra que las mujeres, en pie de lucha, han obrado como la utopía posibilitadora de la lucha feminista.
En la conciencia las revolucionarias bailan desnudas. Abdican el pellejo espumante de la ura normativa, que de sonidos y aromas no escasea, sumergiendo los sentidos en avinagradas experiencias de mitos destructivos, disonantes con la exquisitez de los mitos de Eliade; augurio de libertades. Y así, la corporalidad, que tiene deseos, memoria y recuerdo, se balancea con sutil encanto en los escombros sociales que a su paso deja la violencia. Bailan, vibrando la estructura enterrada del logos comunitario y su poder obedencial. Bailan, zumbantes de caderas, piernas, cabeza, cuerpo entero, aconteciendo la vulgaridad de la pedagogía opresiva. Registrando con agresivas danzas la Historia transparente de las vencidas.
Las revolucionarias bailan desnudas. Y cuando se les prende la hierba del vicio privado al cuerpo o se trajean con embelesadas vestiduras del facsímil patriarcal, sacuden la existencia desmembrando el pánico y la ceguera. Infiriendo que la ideología, la etiqueta de la lucha o el membretado de la exigencia, puede metamorfosear con la levedad del tiempo, polinizador de experiencias que liba del vacío posibilidades de la existencia. Para accionar desde la intuición, asegurando que el grabado de la crítica al mundo relacional sea profundo, imborrable. Escupiendo el acontecimiento de la crueldad. Haciendo del llano de la desigualdad un recuerdo, memoria del absurdo humano.
Bailan desnudas las que luchan en la revolución de las mujeres, haciendo de la piel abrigo del movimiento, del paso estruendoso. Cimbran las desnudas, las de cuerpo al aire, el territorio de la pantomima patriarcal. Dan tlaltoca a la libertad, agujereando la milpa con la punta de los dedos, cubriendo la semilla con la palma de la mano, hidratando el corazón con un papaquilizchocaliztli. Gritan: ¡La revolución es el reencuentro! ¡La conciencia de las desnudas no se encostra en el embate! ¡Que el viento disuelva con sus soplos los perfumes que ocultan la putrefacción de la conciencia! ¡Para liberarnos, para construir sintiendo, para levantar el cemento con las raíces de nuestras ancestras!

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