Más allá del bien o el mal: la realidad de las mujeres que abortan
- Las Libres Revista
- 10 dic 2020
- 5 Min. de lectura
Por: Michelle Sarabia Razo
El día de hoy, 10 de diciembre de 2020, las diputadas y los diputados en Argentina votarán la propuesta de ley que busca la legalización del aborto. Es la novena vez que un proyecto de esta índole llega al Congreso, y es la primera que ha sido propuesta por el Ejecutivo en turno. Justo hace unos días, el festival de documentales Ambulante lanzó en plataformas digitales Que sea ley, dirigido y escrito por Juan Diego Solanas. El mensaje del documental es claro: más allá del bien o el mal, lo que se debe de tomar en consideración a la hora de legislar, son las condiciones reales en las que las mujeres argentinas abortan.
Que sea ley es un documental filmado durante los días de 2018 en que el Senado argentino escuchó los testimonios de mujeres y activistas en favor de la autonomía femenina, así como de aquellos que abogaban por las “dos vidas” (o ninguna). Mientras nos muestran la movilización de mujeres argentinas en las calles y dentro de sus comunidades alrededor de este tema, nos transporta también a la realidad a la que se enfrentan cuando su autonomía está penalizada por la ley.
Como feministas, no es raro escuchar el testimonio de aborto de una compañera, amiga o familiar. Son más de las que pensamos. Es un secreto a voces. Todas las mujeres podemos enfrentarnos a la decisión de interrumpir un embarazo, sin importar si estamos casadas, si vivimos en unión libre, si tenemos dinero o somos precarizadas. No importa si somos jóvenes, niñas o mayores. Tampoco si somos de la ciudad o si habitamos áreas rurales.
Nosotras sabemos que esto va más allá de la moral. No se trata de si es correcto o no. Ya lo decían en su testimonio Elsi San Martín, teóloga feminista, y Marta Alanis, de Católicas por el derecho a decidir: se necesita un cambio simbólico, pues las religiones en general, y la católica-cristiana en particular, se han encargado de crear mitos que sostienen al patriarcado. Uno de ellos se enfoca en la capacidad de elección de las mujeres.
La iglesia castiga a las mujeres que se atreven a elegir: ya sea a Lilith, por no querer pasar su vida junto a Adán y quien prefirió huir del Paraíso para vivir su vida junto a los demonios, o a Eva, por comer el fruto que le brindó la conciencia de su humanidad, y esa transgresión la hizo merecedora de una condena a sufrir durante el parto. Esa es una de las realidades que nos muestra el documental: a la mujer se nos castiga por escoger y tenemos que pagar las consecuencias de esa decisión de forma corporal, no importa que se nos vaya la vida en ello.
No sólo la iglesia castiga dentro de un Estado que por ley debería de estar separado de ella, es el Estado mismo el que lo hace, en conjunto con la población civil que no mira con empatía las vivencias de la otra. Una de las senadoras en contra del proyecto de ley llegó a declarar que “aceptar el aborto es aceptar la falla del Estado” y que ella buscaba “crear las condiciones para que todo argentino crezca y se desarrolle”. Si esto fuera verdad, si quisiera que toda persona dentro de Argentina tuviera las condiciones de desarrollarse, entonces no atentaría contra la voluntad de vivir de las mujeres.
Puede que sea en materia de autonomía reproductiva y corporal de las mujeres donde más vemos la hipocresía y doble moral de las instituciones patriarcales, pues mientras médicos se declaran objetores de conciencia en lo público, en lo privado acuden a prostíbulos a violentar sexual, económica y psicológicamente a mujeres prostituidas, incluso practicándoles abortos, producto de las violaciones que cometen contra ellas, como bien lo dijo Alika Kinan en su testimonio.
Alika, al igual que otras mujeres que revivieron sus experiencias frente a la cámara, nos piden constantemente que pensemos en la realidad del aborto. Porque ninguna mujer desea estar en esa situación, donde tu tiempo y pensamiento se dedica a idear maneras de lidiar con esa situación: ¿puedo tenerle?, ¿darle una vida digna? ¿Qué pasará cuando esté aquí y mi pareja la violente? ¿O qué pasará si la tengo en estas condiciones, en las que no puedo ni siquiera conmigo misma? ¿Qué hará mi familia? ¿Me correrán de casa? ¿Me apoyarán? ¿Mi papá abusará de ella como lo hizo conmigo? ¿Cómo la voy a tener en este prostíbulo, del cual soy víctima de trata? ¿Qué vida la espera en este país en guerra civil?, ¿en este país donde no hay condiciones económicas ni laborales apropiadas para que se desarrolle? ¿Cómo seré madre a los 12 años? ¿Cómo podré alimentarla si tengo cáncer y debo recibir quimioterapias? ¿Dónde dormirá si ya somos ocho miembros en esta familia que vive en una sola habitación?
Fuera de que el documental haya sido dirigido por un hombre, puede reconocerse una cosa: cumplió con su cometido. Las verdaderas protagonistas son las mujeres que, debido a un proceso tan traumático como la revictimización y criminalización del que fueron víctimas por parte del Estado, la medicina y el sistema penal, lograron crear redes con otras que les salvaron la vida, e incluso se propusieron hacer lo mismo por más mujeres.
No es que el Estado sea defectuoso, o que sus instituciones lo sean, para nada. Funcionan de la forma en que fueron diseñadas, y su función es castigar a aquellas que nos atrevemos a salir de lo establecido por ellos. Por eso hoy, más que nunca, es valiosa e inspiradora la tarea que miles de mujeres, movidas por una ética feminista, han realizado. En América Latina la marea verde fue impulsada por las argentinas, y ya nadie la va a parar.
Los delirios e hipocresía del movimiento “provida” no nos detendrán de abortar. No dejará de pasar porque es un proceso biológico, una decisión. Existen mil razones por las que una mujer desea terminar un embarazo. No le debemos hijos ni a Dios, ni a la patria, ni a la familia. No les debemos nuestra vida.
El trato y desprecio dirigido a las mujeres que abortamos va más allá del odio, es simple desdén a nuestro existir. El aborto no es un proceso sencillo, está lleno de violencia hacia nuestras cuerpas. Es un castigo corporal, por tener las funciones biológicas que implica esta cuerpa, por atrevernos a ser.
Esta decisión trasciende al Estado, a los deseos de la colectividad. Es una decisión personal. Decidir no debería de merecer un castigo. Así que esperamos que el día de hoy se nos escuche a las mujeres, quienes exigimos que sea ley, siempre en consideración de nuestra realidad biológica y material.

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